martes, noviembre 29, 2011

Esos ateos ignorantes

Traduje esto el otro día. Suena interesante. Creo que estoy con Terry Eagleton en esto. Quiero leer el libro.



Esos ateos ignorantes
En este inteligente libro, Terry Eagleton argumenta que Richard Dawkins, Christopher Hitchens y su especie están alarmantemente mal informados sobre la fe Cristiana.
Por Andrew O’Hehir

Así es como comienza el crítico literario Inglés Terry Eagleton su enérgico, divertido y desafiante nuevo libro: “la religión ha traído incalculable miseria a los asuntos humanos. En gran parte, ha sido un cuento vil de prejuicio, superstición, ilusiones e ideología opresiva.” Todo un arranque, especialmente cuando se toma en cuenta que el objetivo del libro de Eagleton “Razón, Fe y Revolución: Reflexiones sobre el debate en torno a Dios” –adaptado de una serie de cátedras que dio en Yale en Abril del 2008—es defender la teoría y práctica de la religión de sus más ardorosos críticos contemporáneos.

Pero Eagleton, profesor de literatura Inglesa y teoría cultural quien divide su tiempo entre la Universidad de Lancaster y la Universidad Nacional de Irlanda, está obstinado en no cometer los mismos errores elementales que le atribuye a tales enemigos como el biólogo Richard Dawkins y el comentarista político Christopher Hitchens. (Estos dos, colectivamente apodados “Ditchkins” por Eagleton, son los auto-proclamados líderes de ateísmo público y autores de best-sellers sobre el tema, La Ilusión de Dios de Dawkins y Dios No Es Bueno de Hitchens.) Los ateos de la escuela Ditchkins han planteado asuntos válidos acerca de la sórdida historia social y política de la religión, con los que Eagleton acuerda en su mayoría. Sin embargo, prosigue, sus argumentos están fatalmente socavados por sus propios dogmas y doctrinas no reconocidos, y no pueden entender la fe Cristiana (o cualquier otro tipo) en lo más mínimo excepto en su forma más estúpida y literal.

Hace unos años, leí un artículo de un teólogo Católico Romano quien sardónicamente observaba que la calidad del ateísmo Occidental había ido en caída libre desde Nietzsche. Eagleton concuerda de todo corazón. Admite sin objeciones que lo que la doctrina Cristiana enseña sobre el universo y el destino del hombre puede no ser verdad, o siquiera creíble. Pero como dice entonces, “Los críticos de la más perdurable forma de cultura popular en la historia de la humanidad tienen la obligación moral de confrontar ese caso en su forma más persuasiva, en vez de anotarse una victoria barata haciendo trizas un montón de basura y tergiversaciones.”

Los ateos como Dawkins y Hitchens, insiste Eagleton, están tocando para los altivos prejuicios liberal-humanistas de su público de élite y, durante el proceso, muestran una pasmosa ignorancia sobre su supuesto tema, uno que sería considerado inaceptable en casi cualquier otro foro intelectual. ¿Se le permitiría a alguien escribir un libro sobre el amor cortesano en el Medioevo basado en varias visitas a una Feria Renacentista, o un libro acerca del Nazismo basado en episodios de “Hogan’s Heroes”?

Sin embargo el argumento de “Razón, Fe y Revolución” va más lejos, y es mucho más complicado, que simplemente señalar que San Agustín y Tomás de Aquino suspirarían de incredulidad frente al reto de tercera a su Dios que representan aquellos como Ditchkins. Como la Reina Blanca de Lewis Carroll, Eagleton está intentando creer muchas cosas imposibles –o al menos cosas notablemente pasadas de moda—antes de desayunar. Busca recuperar el potencial transformativo e incluso revolucionario de la fe Cristiana, de cara tanto al ateísmo liberal como al fundamentalismo de derecha. Y como quizá el más famoso Marxista académico aún en cautiverio, pone su propia fe en la posibilidad de que el socialismo pueda sobrevivir a su espectacular auto-inmolación del siglo XX.

Es solo una ligera simplificación decir que en este pequeño tomo compacto, que dura menos de 200 páginas y que en gran parte tiene un tono de conversación, Eagleton desea salvar al Cristianismo de los cristianos y al Marxismo de los marxistas. Pero el carácter despreocupado y bromista del libro es engañoso; tuve que leerlo completamente dos veces antes de concluir que es uno de los más fascinantes, más originales e incómodos trabajos de filosofía en salir a la luz en la era post-9/11.

No estoy seguro de que haya un ser humano en la tierra, incluidos los miembros de la familia de Terry Eagleton, que esté de acuerdo con todo lo contenido en “Razón, Fe y Revolución” –Eagleton parece encantado con la idea de que enfadará tanto a la izquierda secular como a la derecha religiosa—pero en repetidas ocasiones nos impulsa a reconsiderar términos e ideas que la mayoría de nosotros damos por hecho la mayor parte del tiempo. ¿Es la oposición aparente entre fe y razón algo inherente, o un artefacto ideológico? ¿Cómo podrá el capitalismo Occidental, agnóstico y relativista hasta las raíces, confrontar a un “enemigo ‘metafísico’ de raza pura” (el fundamentalismo Islámico) que no tiene problema en creer en la verdad absoluta? Gusten o no sus respuestas, Eagleton se aproxima a esas preguntas con una mente abierta e inquisitiva.

Como Eagleton termina admitiendo, el ateísmo de barata de Dawkins y Hitchens es un parapeto apenas útil, y los desacuerdos con ellos son, principalmente, no teológicos sino políticos. Aún así, el atacarlos en brochazos gruesos y a menudo hilarantes –pinta a Dawkins como un don enclaustrado de Oxford con traje de tweed sonriendo con desprecio ante la naturaleza crédula de la gente común, y a Hitchens como un lamebotas propagandista neoconservador y jihadista secular—le da a su libro un nada desdeñable valor de entretenimiento. Y lo más importante, le permite desarrollar un amplio sumario interpretativo de lo que describe como la doctrina Cristiana dominante, un tema respecto al cual (como nos recuerda en repetidas ocasiones) el dúo Ditchkins, junto con la élite intelectual de Occidente en general, no sabe casi nada.

La terminología de Eagleton es deliberadamente provocadora, y algunos Cristianos no van a encontrar su versión de sus creencias, matizada como claramente está por la “teología de la liberación” Católica de su juventud, ser la dominante en absoluto. Aún así, está indiscutiblemente en lo correcto en dos cosas: hay una larga tradición teológica Judeo-Cristiana que no se parece en nada a la caricatura de la fe religiosa hallada en Ditchkins, y los ateos tienden a tomar las formas más degradadas y supersticiosas de religión como representativas. Es un poco como juzgar la institución completa del matrimonio heterosexual en base a la conducta de Eliot Spitzer como marido.

Varios intelectuales seculares, por ejemplo, han señalado como doctrina Cristiana “la idea de que Dios es una especie de superentidad fuera del universo, que creó el mundo como un carpintero crearía un banco; que la fe en este Dios significa ante todo suscribir la proposición de que existe; que hay un yo real dentro de mí llamado alma, que un Dios furioso puede consignar al infierno si no soy flagrantemente bien portado; que nuestra total dependencia de esta deidad es lo que nos detiene de pensar y actuar por nosotros mismos; que a este Dios le importa profundamente si somos pecadores o no, porque si lo somos él exige ser aplacado.”

Como Eagleton sabe, algunos creyentes Cristianos, especialmente dentro de los varios tipos de fundamentalismo, suscribirían la mayoría si no es que todas esas proposiciones. Pero tiene razón en que desde la perspectiva de la línea principal de teología Protestante y Católica de los últimos varios siglos, ninguna de esas proposiciones es cierta. Vistas bajo esa óptica, van desde distorsiones crudas a abierta idolatría. De Aquino te diría que Dios no es una entidad de tipo clasificable o verificable alguno y con toda certeza no es un mega-fabricante que planeó el universo en alguna pantalla de computadora celestial. Más bien, “Dios es lo que da sustento a todas las cosas para que existan mediante su amor, y… es la razón por la que hay algo en vez de nada, la condición de posibilidad de la entidad que sea.”

La famosa declaración del biólogo Stephen Jay Gould que la ciencia y la religión son “Magisterios que no se traslapan” ha sido vista a veces como una salida fácil, o como una forma educada de decir que la primera es real y la segunda imaginaria. Cualesquiera que fueran las intenciones de Gould, Eagleton coincide de todo corazón, y halla este punto de vista en total consonancia con la teología Cristiana. Dawkins está cometiendo un error categórico, dice, al ver las creencias Cristianas como una teoría contra-científica sobre la creación del universo. Eso es como decir que las novelas son trabajos de sociología fallidos e irremediablemente no-científicos, así que no tiene caso leer a Proust.

La teología Cristiana no puede explicar el funcionamiento del universo y nunca fue esa la intención, dice Eagleton. De Aquino, como la mayoría de los pensadores religiosos que le siguieron, era feliz comprendiendo todo tipo de teorías sobre la creación, incluso la posibilidad de que el universo es infinito y siempre ha existido. De hecho, de Aquino coincidiría con la opinión de Dawkins de que la fe religiosa es irrelevante para la indagación científica. Pero hay preguntas que la ciencia no puede preguntar correctamente, no digamos contestar, preguntas sobre “por qué existe algo de antemano, o por qué lo que tenemos nos es de hecho inteligible.” Ahí es donde la teología comienza.

Eagleton sostiene además que no solo es la versión Ditchkinsiana acerca de las creencias tradicionales Judeo-Cristianas una parodia, en la que Dios es visto como una creatura no-comprobada e improbable como el yeti o el monstruo de Loch Ness, sino que esa variante de ateísmo post-Ilustración no puede comprender el carácter de la fe religiosa en lo más mínimo. La declaración de credo “creo en Dios” es una declaración de acción y de voluntad; es de ejecución en vez de afirmativa. No es equivalente a sostener que Dios existe (aunque los Cristianos crean eso también). Posee el tipo de certeza que pertenece a tales afirmaciones vehementes como “Te amo” o “Creo que los Mets son el mejor equipo de beisbol.” Claramente no tiene la certeza empírica de la frase “creo que este árbol de maple se pondrá rojo en Octubre.”

De entre las muchas posturas extraordinarias que Eagleton defiende en este libro, quizás ninguna es más sorprendente que la afirmación bastante original de que los Estados Unidos de América no son lo suficientemente religiosos. Está bien, estoy parafraseando –lo que realmente dice es que la piedad nauseabunda, envolvente de nuestra nación es estrictamente pro forma. Es un tipo de decoración ideológica para un sistema económico y social basado en la explotación despiadada de los seres humanos y los recursos naturales, lo cual es alejarse lo más posible de las enseñanzas de aquel radical carpintero Judío de Nazaret.

En uno de los giros lingüísticos más ingeniosos de Eagleton, describe a los fundamentalistas Cristianos contemporáneos como infieles, porque específicamente les falta el tipo de fe de acción arriba mencionada. El filósofo Slavoj Zizek ha descrito al fundamentalismo como una especie de neurosis, en la que una persona sigue exigiendo prueba de que es amado y nunca le es suficiente. Al intentar meter con calzador tonterías anti-científicas en los libros de texto, o desperdiciar tiempo y dinero en una “ciencia creacionista” que intenta probar que el Gran Cañón tiene menos de 6,000 años y que Noé, por razones desconocidas, corrió al T. Rex del arca, los fundamentalistas se han vuelto el reflejo de los ateos. Insatisfechos con la naturaleza trascendente e inescrutable del Todopoderoso, lo rellenaron y encerraron en un diorama de dinosaurios.

Mucho del fervor anti-religioso de la escuela de Ditchkins, dice Eagleton, se deriva de un idealismo de alto Victorianismo, en el que la humanidad viaja en la escalera eléctrica de subida del progreso y la civilización, detenida solo por las fuerzas de la sinrazón y la irracionalidad. Sus partidarios ven una dicotomía absoluta entre fe y razón, una que carece de cualquier tipo de sustento filosófico riguroso o de un entendimiento de la relación ineludible entre los dos. Heidegger, Wittgenstein y Fichte han señalado de diferentes maneras que las suposiciones tácitas acerca del mundo que nos rodea (o sea, fe) son precondiciones de todo conocimiento para empezar. En cuanto a la narrativa de la Ilustración del progreso ascendente continuo de la superstición a la razón, Eagleton ciertamente no argumenta que la primera es superior a la segunda. Sugiere, más bien, que la escalera eléctrica puede subir y bajar al mismo tiempo.

Lo que el mito racionalista ve en la era moderna son los tremendos avances logrados en curar enfermedades y en incrementar la producción agrícola, de lo que ni el creyente ni el ateo quieren prescindir. Ve al Cyclon-B y a la bomba de hidrógeno como regresiones momentáneas, si es que los nota, y por lo general evita comentar sobre el contradictorio y confuso sistema económico que nuestra era supuestamente liberal-humanista ha producido. Es un sistema, al parecer de Eagleton, que pretende ser completamente lógico pero produce un resultado cruel e irracional: los pobres más pobres y los ricos más ricos. ¿Y el efecto invernadero y el derretimiento de los glaciares, qué son si no artefactos de la Ilustración?

Con toda justeza, ni Dawkins ni Hitchens se han quedado callados sobre cuestiones sociales ni ambientales, y ni ellos ni sus semejantes liberales-humanistas-ateos deben ser culpados por los excesos del capitalismo. Pero donde ellos ven una historia edificante de una especie con conciencia propia ascendiendo del pantano de la historia hacia la luz apolínea de la razón, deshaciéndose de las cadenas de la superstición, Eagleton ve una historia trágica de idealismo altivo, de hombres tan cegados por su propia arrogancia que están dispuestos a deshacerse de enseñanzas que nos fueron dadas hace mucho, por Esquilo y Spinoza y William Blake y, sí, por Jesucristo.

Casi puedes escuchar las sillas metálicas rechinando mientras los últimos liberales seculares se levantan para irse cuando Eagleton declara en dónde yace su verdadero desacuerdo con Richard Dawkins, que no tiene que ver directamente con la existencia de Dios o el papel de la ciencia. “La diferencia entre Dithckins y radicales como yo,” escribe, “pende de si es verdad que el significante último de la condición humana es el cuerpo torturado y asesinado de un criminal político, y cuáles son las implicaciones de esto para la vida.”

Eagleton es cauteloso sobre la naturaleza de su creencia personal. Por un lado, dice que habla en nombre de sus ancestros Católicos Irlandeses, “contra el cargo de que el credo al que dedicaron sus vidas es indigno y hueco.” Por otro lado, nunca hace afirmaciones inequívocas referentes a la  verdad de la doctrina Cristiana, y señala que Marx y Nietzsche, a diferencia de Ditchkins, son ateos “de forma correcta en términos generales.” Como debe notar, aquí corre el riesgo de ser descartado como apologista de no solo una fe desprestigiada sino de dos diferentes y nominalmente opuestas.

Eagleton cree en Jesús –o sea, cree en el profundo potencial simbólico de Jesús—crea o no que Jesús era el hijo de Dios encarnado. Es una perogrullada decir que la Cristiandad contemporánea tiene poco que ver con su epónimo fundador, pero Eagleton le insufla nueva vida. Describe a Jesús como un Judío “revolucionario del tipo de vida” que instaba a sus seguidores a amar a sus enemigos, regalar sus pertenencias, y dejar sin tumba a sus muertos, quien expresaba su amor y solidaridad por putas, criminales y otra “escoria de la tierra” (la frase es de Pedro), y fue torturado y muerto por ello.

Tal figura, sugiere Eagleton, representa “la verdad de la historia,” y aquellos que lo niegan “están propensos a adoptar alguna superstición optimista tal como el sueño del progreso humano sin límites,” un ideal Ilustrado ingenuo expresado en nuestros días por aquellos como Ditchkins. Estoy seguro de que Eagleton estaría encantado de imaginar el resurgimiento de una combinación siglo-XXI de Marxismo democrático y Cristianismo de izquierda, pero desea mostrar que tiene la cabeza fría y nunca sale y dice que tal cosa sea posible. (Uno podría argumentar que precisamente esa combinación, que nunca se extinguió del todo en Latinoamérica, ha tenido un inesperado retorno en los últimos años.)

Luego de expulsar tales vergonzantes asuntos metafísicos como Dios y el amor al sector privado, y luego de poner su fe en un sistema económico que se ve mucho menos eterno de lo que parecía, la civilización Occidental se encuentra en un buen aprieto. Al parecer de Eagleton, la sociedad del capitalismo tardío no cree en nada excepto una limitada visión de mercado de la tolerancia, lo que ha engendrado un exceso de sistemas de creencias irracionales, del fundamentalismo al imperialismo neoconservador a la espiritualidad New Age para armar. Hasta coincide con los neoconservadores y fundamentalistas en que no podemos combatir exitosamente el fanatismo Islamista sin alguna creencia fundamental propia.

Pero las curas propuestas por los fundas y los neocons son peores que la enfermedad, aclara Eagleton, mientras que el idealismo infantil y arrogante del grupo Ditchkins no muestra relación con la historia humana o la realidad social contemporánea. Encuentra potencial para la esperanza en un “humanismo trágico,” uno con influencias de gentes como John Milton y Karl Marx pero no necesariamente de carácter religioso o socialista, uno que “comparte la visión del humanismo liberal de la libre prosperidad de la humanidad,” pero cree que “esto es posible solo confrontando lo peor.” Nos enviaron a un hombre que predicaba un mensaje de amor y lo matamos; nos fue dado un hermoso planeta verdiazul para vivir y lo matamos. ¿Qué hacemos ahora?


El artículo original está aquí.

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