A noise medium from Boofa on Vimeo.
viernes, octubre 29, 2010
lunes, septiembre 27, 2010
aléjense de mi
La primera vez que recuerdo habérmelo topado estaba yo en secundaria. No recuerdo de qué iba la plática, daba yo mi opinión acerca de algo, y me interpeló: ¿tu quién eres para decir que eso no está bien?
Ya más grande lo he escuchado decir “¿de dónde sacas eso que estás diciendo?”, y cuando le he dicho que de ningún lado, que es solo mi opinión, revira “Ah, ¿y eso qué?”
Ha sido hombre y ha sido mujer. Reacciona ante cualquier crítica negativa hacia lo que sea. Aunque no le incumba. Y lo hace sin darse cuenta, en automático. Si en una plática alguien critica la suciedad en las escaleras de los juzgados, la psicología chafa de los personajes de Spielberg, o lo grosera que estuvo la cajera del oxxo, automáticamente se pone a defender el punto contrario, aunque hasta ese momento la conversación no haya tenido estructura de debate, declare que nunca ha estado en los juzgados de la ciudad, no entienda a qué se refiere uno con psicología de los personajes, ni haya estado en el oxxo cuando fuimos por las chelas.
“De seguro tuvo un mal día y tu ni sabes.”
Cuando uno le muestra que no sabe de qué está hablando, se ofende, sin darse cuenta que fue ella/él quien volvió la conversación un debate.
Frecuentemente usa de argumento lo primero que uno dijo, quizás sin notarlo, como si fuera un pensamiento propio. Y lo regresa como si fuera algo que uno no ha siquiera considerado. Si empiezo diciendo “no soporto ese cine en el que te hacen identificarte al cien con un solo personaje” y sigo mi discurso neuras desde ahí, de pronto dice: “Bueno, pero es que hay un tipo de cine en el que te hacen identificarte con un personaje”.
Esa es otra característica: si la conversación toma un giro hacia los gustos de uno (parece que no puede soportar la existencia de gustos propios), reviran con frases meramente descriptivas: “Pero es que así es”.
Actúan como si su mamá les hubiera encargado la reunión y tuvieran que limar cualquier aspereza antes de que “los invitados” digan que la reunión fue un fracaso.
No los quiero alrededor de mí. Maldito, maldita quedabien.
Ya más grande lo he escuchado decir “¿de dónde sacas eso que estás diciendo?”, y cuando le he dicho que de ningún lado, que es solo mi opinión, revira “Ah, ¿y eso qué?”
Ha sido hombre y ha sido mujer. Reacciona ante cualquier crítica negativa hacia lo que sea. Aunque no le incumba. Y lo hace sin darse cuenta, en automático. Si en una plática alguien critica la suciedad en las escaleras de los juzgados, la psicología chafa de los personajes de Spielberg, o lo grosera que estuvo la cajera del oxxo, automáticamente se pone a defender el punto contrario, aunque hasta ese momento la conversación no haya tenido estructura de debate, declare que nunca ha estado en los juzgados de la ciudad, no entienda a qué se refiere uno con psicología de los personajes, ni haya estado en el oxxo cuando fuimos por las chelas.
“De seguro tuvo un mal día y tu ni sabes.”
Cuando uno le muestra que no sabe de qué está hablando, se ofende, sin darse cuenta que fue ella/él quien volvió la conversación un debate.
Frecuentemente usa de argumento lo primero que uno dijo, quizás sin notarlo, como si fuera un pensamiento propio. Y lo regresa como si fuera algo que uno no ha siquiera considerado. Si empiezo diciendo “no soporto ese cine en el que te hacen identificarte al cien con un solo personaje” y sigo mi discurso neuras desde ahí, de pronto dice: “Bueno, pero es que hay un tipo de cine en el que te hacen identificarte con un personaje”.
Esa es otra característica: si la conversación toma un giro hacia los gustos de uno (parece que no puede soportar la existencia de gustos propios), reviran con frases meramente descriptivas: “Pero es que así es”.
Actúan como si su mamá les hubiera encargado la reunión y tuvieran que limar cualquier aspereza antes de que “los invitados” digan que la reunión fue un fracaso.
No los quiero alrededor de mí. Maldito, maldita quedabien.
neblina
Ya estaba yo cansado esa noche cuando sucedió: en la oscuridad creí estar imaginando un paisaje con neblina que veía pasar desde la ventanilla de un carro. Iba en el asiento de atrás del conductor. Me costaba trabajo ver bien las ramas de los árboles, veía más algo como una textura granulada. Lo singular de esto es que podía fijar mi vista en ellas mientras pasaban. El carro avanzaba lento y veía los árboles al lado de la carretera, los troncos oscuros de humedad pasando cerca de mí. No quería pensar: estaba alucinado de tener una imagen tan nítida en mi mente y creí que si formulaba un pensamiento, aunque fuera un Qué bonito, se iba a desvanecer. Solo veía el paisaje, que pasaba como si yo no lo pensara. Como si fuera espectador de un sueño ajeno. Pero en cierto momento, creo que debido a un movimiento de los ojos, me di cuenta de que lo que se movía eran mis fosfenos, que pasaban lentamente de derecha a izquierda, y que un proceso mental los interpretaba como ramas en la neblina. Nada agradable, porque de un momento a otro desapareció el paisaje y vi con claridad el grupo de puntos rojos y verdes en movimiento, y ya no pude volver a ver esos árboles.
Y unos segundos después me vino la duda: ¿qué tan frecuente es esto? ¿Cuántas veces la imaginación es un pensamiento autónomo y cuántas no es más que un ver rostros en el fondo de una taza de té?
Y unos segundos después me vino la duda: ¿qué tan frecuente es esto? ¿Cuántas veces la imaginación es un pensamiento autónomo y cuántas no es más que un ver rostros en el fondo de una taza de té?
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