Ya estaba yo cansado esa noche cuando sucedió: en la oscuridad creí estar imaginando un paisaje con neblina que veía pasar desde la ventanilla de un carro. Iba en el asiento de atrás del conductor. Me costaba trabajo ver bien las ramas de los árboles, veía más algo como una textura granulada. Lo singular de esto es que podía fijar mi vista en ellas mientras pasaban. El carro avanzaba lento y veía los árboles al lado de la carretera, los troncos oscuros de humedad pasando cerca de mí. No quería pensar: estaba alucinado de tener una imagen tan nítida en mi mente y creí que si formulaba un pensamiento, aunque fuera un Qué bonito, se iba a desvanecer. Solo veía el paisaje, que pasaba como si yo no lo pensara. Como si fuera espectador de un sueño ajeno. Pero en cierto momento, creo que debido a un movimiento de los ojos, me di cuenta de que lo que se movía eran mis fosfenos, que pasaban lentamente de derecha a izquierda, y que un proceso mental los interpretaba como ramas en la neblina. Nada agradable, porque de un momento a otro desapareció el paisaje y vi con claridad el grupo de puntos rojos y verdes en movimiento, y ya no pude volver a ver esos árboles.
Y unos segundos después me vino la duda: ¿qué tan frecuente es esto? ¿Cuántas veces la imaginación es un pensamiento autónomo y cuántas no es más que un ver rostros en el fondo de una taza de té?
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